No escribí estos versos para que fueran bellos. Los escribí porque tenía que escupirlos o ahogarme con ellos.
Siete territorios del alma explorados desde las entrañas: el laboratorio donde el dolor fermenta en palabras, la habitación de versos inconclusos que palpitan con vida propia, la arqueología de silencios fosilizados en el pecho.
Estos sonetos nacieron en madrugadas de insomnio, en cuadernos manchados de café y lágrimas secas. Cada verso es una coordenada exacta de pánico, cada rima el pulso irregular de quien escribe con los cables pelados del alma.