"Apostaron a que podían romperme. Ganaron. Ahora soy suya… para siempre."
Mira nunca se echa atrás ante un reto, especialmente cuando implica a dos guerreros orcos de músculos descomunales, una taberna llena de espectadores y una apuesta que la deja abierta de piernas, rellena hasta el borde y suplicando por más.
Drok y Karg no solo ganan la apuesta… La reclaman. La anudan. La arruinan tan a fondo que jamas volverá a caminar igual.
Primero, son sus dedos. Luego, sus lenguas. Y después… sus miembros palpitantes —ambos a la vez—, estirándola más allá de lo razonable, llenándola hasta que gotea, llora y llega al clímax con tanta fuerza que se desmaya.
Pero la apuesta solo fue el principio.
Ahora, la guardan.
La marcan. La comparten. La usan cuando quieren, como quieren y tan brutalmente como les plazca.
¿Y Mira? Ama cada segundo sucio de ello.