Rina ha pasado años afilando sus cuchillas y endureciendo su corazón, porque lo único peor que un orco son dos. Especialmente cuando se trata de Zargoth y Drakkar. Ha visto lo que les hacen a los humanos. Sobrevivir significa odiarlos.
Pero cuando la arrastran a su fortaleza en la montaña, el odio es un lujo que no puede permitirse. No cuando la boca sucio de Zargoth está en su entrada húmeda. No cuando las manos de Drakkar la inmovilizan con un toque que casi parece tierno, antes de recordarle por qué los orcos no conocen la misericordia.
Se dice a sí misma que escapará. Jura que no se romperá.
Pero cuanto más la tocan, cuanto más la empujan, más su cuerpo la traiciona, anhelando a los mismos orcos que debería despreciar.
Y lo peor: ellos lo saben.
La sonrisa de Zargoth cuando gime su nombre. El gruñido de Drakkar cuando suplica por más. La forma en que la miran como si fuera suya: no solo para tomarla, sino para quedársela.