Elara Veyne fue entregada a los orcos como ofrenda de paz. Pero en el momento en que la mirada de obsidiana de Urzag la recorrió y sus dedos callosos se clavaron en la carne de sus muslos, ella supo que aquello no era una negociación.
El orco quería. Su segundo, Krugnar, con su lengua plateada y sus garras trazando sus estrías como si fueran sagrado, quería adorarla mientras ella gritaba.
Y que los dioses la ayudaran, ella los dejaría.
La polla rugosa de Urzag era una promesa de ruina, sus gruñidos un juramento de estirarla hasta que olvidara su propio nombre. Las obscenas alabanzas de Krugnar la desmoronarían.
El ritual del tributo no era una ceremonia. Era un festín. Uno en el que ella los tomaría a ambos, uno en su coño, otro en su culo, mientras la corte la observaba gotear con su reclamo.
Anudada. Poseída.
Al amanecer, la sala del trono apestaría a su excitación, su piel marcada por sus mordiscos. Ya no era solo su tributo.
Era su obsesión.