Una llave llega sin explicación.
Una casa aparece en una dirección que alguien intentó borrar.
Y una mujer empieza a recordar lo que nunca vivió.
Julia Calder abre la puerta de la casona de Alvear esperando respuestas. Pero adentro no hay abandono… hay señales. Huellas que no deberían estar. Objetos fuera de lugar. Y una taza de café aún tibia.
La casa no está vacía.
Nunca lo estuvo.
A medida que avanza, algo empieza a fallar: los recuerdos no encajan, el pasado se fragmenta, y cada descubrimiento parece haber sido preparado para ella. Como si alguien la hubiera estado esperando.
O construyéndola.
Porque algunas herencias no se reciben.
Se activan.
Y una vez que entrás… ya no hay forma de salir.