Granada, 1595. Unos trabajadores encuentran en una cueva del Sacromonte una serie de láminas de plomo con inscripciones en árabe, latín y castellano. Los textos afirman ser reliquias del primer siglo del cristianismo. En cuestión de semanas, el debate llega a Roma.
La única persona que puede leer las láminas en los tres idiomas es Nur, una traductora morisca. Lo que nadie le dice es que cada institución que la necesita quiere que el texto diga algo distinto.
Lo que se pierde en la traducción no es solo vocabulario. Es el espacio donde tres maneras de entender el mundo podían, por un momento, existir al mismo tiempo.