Este ensayo reflexiona sobre una forma de maltrato emocional poco visibilizada: la que algunas mujeres ejercen hacia sus parejas hombres, a menudo en forma de desprecio, insultos o agresiones normalizadas. Aunque reconoce que este problema es menor en comparación con violencias estructurales como los feminicidios o la opresión de las mujeres en contextos extremos, sostiene que también merece atención dentro del discurso feminista. A través de ejemplos cotidianos y análisis culturales, se argumenta que esta violencia se perpetúa tanto por la permisividad social como por la complicidad silenciosa del propio hombre, educado para resistir sin quejarse. El texto defiende que una verdadera igualdad debe incluir todas las formas de sufrimiento humano, y que el feminismo, si ha de ser fiel a su espíritu de justicia, no puede dejar fuera ninguna voz, por incómoda que parezca.